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El Huaico no se fue, Cura Mori nos lo recuerda

Casi a fines de marzo, el Niño costero nos remeció como sociedad. El norte de nuestro país soportó lluvias intensas de hasta 24 horas. Quebradas se activaron, diques se rompieron, ríos se desbordaron, puentes colapsaron y miles de miles de familias lo perdieron todo. A más de tres meses después, la Fundación Ayuda en Acción presente en la zona de emergencia desde el inicio, hace presente que el huaico no se fue. Solo en Piura, unas 1.700  familias aún continúan viviendo en albergues. 2.000 niños y niñas están ahí, soportando las más duras condiciones y lo peor es que nuestras autoridades no saben decir ¿hasta cuándo será?

El distrito de Cura Mori, a 45 minutos de la ciudad de Piura, es testigo cada día de cómo cientos de familias apostadas en el terral hacen denodados esfuerzos para salir adelante. La mayoría ha soportado más de un Fenómeno de El Niño, pero aseguran que este ha sido el más devastador. Dejaron sus hogares inundados una, dos y hasta tres veces. Hoy, instalados en el albergue más extenso que nos dejó El Niño costero – 5 kilómetros de carretera de la Panamericana norte- , aseguran que desean empezar de nuevo en este lugar y construir un futuro para sus hijos.

Nos conmovimos en marzo con la historia de Evangelina Chamorro, la mujer que venció las aguas turbulentas del huaico de Punta Hermosa. Hoy en los sectores -Nuevo San Pedro, Nuevo Pozo de los ramos, Nuevo San José, Nuevo Buenos Aires y otros más- de Cura Mori, encontramos a muchas Evangelinas luchando cada día por darle lo mejor a sus hijos, en medio de las carencias propias de un albergue, sin luz, sin agua, sin una vivienda digna, sin medios de vida y alejadas del mundo que antes conocían.

La batalla es intensa. El día empieza a las cuatro de la mañana, se han organizado por turnos para atender la olla común. Preparan el desayuno por sectores, cada familia se acerca a recoger el primer alimento del día. Luego tienen que alistar a sus niños para llevarlos al colegio, ese colegio que ahora queda a más de una hora de camino, en un arenal infestado de grillos y lagartijas. Los niños, algunos descalzos, caminan lo más rápido que sus piececitos se los permiten en un intento por ganarle al sol. Pero es Piura, el sol sale fuerte e imponente y llegan exhaustos a estudiar.

Está también, la incesante espera por el agua. Una cisterna del Ministerio de vivienda va recorriendo todo el albergue para abastecer los tanques instalados en cada sector. No hay una hora específica, por eso las madres deben estar atentas a su llegada, para abastecer sus depósitos y asegurar la atención del aseo personal, el lavado y el consumo de sus familias. Sin agua es imposible la vida, más en el hostil clima norteño. Lo que sigue es volver al comedor, los ollones y a leña esperan para preparar el almuerzo, luego retornar para recoger a sus hijos del colegio.

Los varones, como jefes de hogar salen también muy temprano a procurarse unos soles. La mayoría trabajaba por contratos en campañas de siembra y cosecha, algunos tenían sus pequeñas chacras y criaban sus animalitos. Otros hacían trabajos de albañilería y servicios de carpintería o similares. El huaico los dejó en cero. Ya nadie los contrata, no hay más fundos que atender, y sus chacras y animales se perdieron. Ellos salen en busca del sustento diario, se ofrecen para hacer cargas, se van lejos para ver si por otros lares alguien los necesita para algún servicio.

Los domingos, se quedan en casa, pero no a descansar, su prioridad es darles un techo a sus familias. Las carpas hace mucho que les quedaron cortas. Con lo poco que consiguen compran un atado de carrizo y van armando las paredes de lo que esperan sea su futura casa de la que no tengan que huir jamás. Utilizan una técnica de construcción ancestral, van apiñando el carrizo, sostenido por unos alambres, con unos maderos en las esquinas que les sirven de columnas. Van fijando la pared de carrizo que luego recubrirán con barro. Podrían terminar sus casas en dos semanas, pero cada atado de carrizo apenas les alcanza para medio metro de pared, así que van avanzando de a pocos.

El huaico no se fue, pero tampoco la esperanza

El huaico no se fue

Con todas las vicisitudes Cura Mori se ha convertido en un símbolo de esperanza. La vida transcurre, todos los días son de lucha, las tardes y sus vientos arremolinados no los detiene. Las noches aunque a oscuras lucen estrellas. Ayuda en Acción sabe qué #elHuaicoNOsefue pero también sabe de solidaridad y qué el Perú es más grande que sus problemas. Tú puedes ayudar a que niños, niñas y sus familias afectadas por El Niño costero pasen este trance lo más pronto posible. ¡APADRINA! T. (01) 702 8600

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